Muchas veces, cuando el almacén está vacío y sólo se escucha el zumbido de las moscas, me acuerdo del muchacho aquel que nunca supimos cómo se llamaba y que nadie en el pueblo volvió a mencionar.
Por alguna razón que no alcanzo a explicar lo imagino siempre como la primera vez que lo vimos, con la ropa polvorienta, la barba crecida, y, sobre todo, con aquella melena larga y desprolija que le caía casi hasta los ojos. Era recién el principio de la primavera y por eso, cuando entró al almacén, yo supuse que sería un mochilero de paso al sur. Compró latas de conserva y yerba, o café; mientras le hacía la cuenta se miró en el reflejo de la vidriera, se apartó el pelo de la frente, y me preguntó por una peluquería.
Dos peluquerías había entonces en Puente Viejo; pienso ahora que si hubiera ido a lo del viejo Melchor quizá nunca se hubiera encontrado con la Francesa y nadie habría murmurado. Pero bueno, la peluquería de Melchor estaba en la otra punta del pueblo y de todos modos no creo que pudiera evitarse lo que sucedió.
La cuestión es que lo mandé a la peluquería de Cervino y parece que mientras Cervino le cortaba el pelo se asomó la Francesa. Y la Francesa miró al muchacho como miraba ella a los hombres. Ahí fue que empezó el maldito asunto, porque el muchacho se quedó en el pueblo y todos pensamos lo mismo: que se quedaba por ella.
No hacía un año que Cervino y su mujer se habían establecido en Puente Viejo y era muy poco lo que sabíamos de ellos. No se daban con nadie, como solía comentarse con rencor en el pueblo. En realidad, en el caso del pobre Cervino era sólo timidez, pero quizá la Francesa fuera, sí, un poco arrogante. Venían de la ciudad, habían llegado el verano anterior, al comienzo de la temporada, y recuerdo que cuando Cervino inauguró su peluquería yo pensé que pronto arruinaría al viejo Melchor, porque Cervino tenía diploma de peluquero y premio en un concurso de corte a la navaja, tenía tijera eléctrica, secador de pelo y sillón giratorio, y le echaba a uno savia vegetal en el pelo y hasta spray si no se lo frenaba a tiempo. Además, en la peluquería de Cervino estaba siempre el último El Gráfico en el revistero. Y estaba, sobre todo, la Francesa.
Nunca supe muy bien por qué le decían la Francesa y nunca tampoco quise averiguarlo: me hubiera desilusionado enterarme, por ejemplo, de que la Francesa había nacido en Bahía Blanca o, peor todavía, en un pueblo como éste. Fuera como fuese, yo no había conocido hasta entonces una mujer como aquélla. Tal vez era simplemente que no usaba corpiño y que hasta en invierno podía uno darse cuenta de que no llevaba nada debajo del pulóver. Tal vez era esa costumbre suya de aparecerse apenas vestida en el salón de la peluquería y pintarse largamente frente al espejo, delante de todos. Pero no, había en la Francesa algo todavía más inquietante que ese cuerpo al que siempre parecía estorbarle la ropa, más perturbador que la hondura de su escote. Era algo que estaba en su mirada. Miraba a los ojos, fijamente, hasta que uno bajaba la vista. Una mirada incitante, promisoria, pero que venía ya con un brillo de burla, como si la Francesa nos estuviera poniendo a prueba y supiera de antemano que nadie se le animaría, como si ya tuviera decidido que ninguno en el pueblo era hombre a su medida. Así, con los ojos provocaba y con los ojos, desdeñosa, se quitaba. Y todo delante de Cervino, que parecía no advertir nada, que se afanaba en silencio sobre las nucas, haciendo sonar cada tanto sus tijeras en el aire.
Sí, la Francesa fue al principio la mejor publicidad para Cervino y su peluquería estuvo muy concurrida durante los primeros meses. Sin embargo, yo me había equivocado con Melchor. El viejo no era tonto y poco a poco fue recuperando su clientela: consiguió de alguna forma revistas pornográficas , que por esa época los militares habían prohibido, y después, cuando llegó el Mundial, juntó todos sus ahorros y compró un televisor color, que fue el primero del pueblo. Entonces empezó a decir a quien quisiera escucharlo que en Puente Viejo había una y sólo una peluquería de hombres: la de Cervino era para maricas.
Con todo, creo yo que si hubo muchos que volvieron a la peluquería de Melchor fue, otra vez, a causa de la Francesa: no hay hombre que soporte durante mucho tiempo la burla o la humillación de una mujer.
Como decía, el muchacho se quedó en el pueblo. Acampaba en las afueras, detrás de los médanos, cerca de la casona de la viuda de Espinosa. Al almacén venía muy poco; hacía compras grandes, para quince días o para el mes entero, pero en cambio iba todas las semanas a la peluquería. Y como costaba creer que fuera solamente a leer El Gráfico, la gente empezó a compadecer a Cervino. Porque así fue, al principio todos compadecían a Cervino. En verdad, resultaba fácil apiadarse de él: tenía cierto aire inocente de querubín y la sonrisa pronta, como suele suceder con los tímidos. Era extremadamente callado y en ocasiones parecía sumirse en un mundo intrincado y remoto: se le perdía la mirada y pasaba largo rato afilando la navaja, o hacía chasquear interminablemente las tijeras y había que toser para retornarlo. Alguna vez, también, yo lo había sorprendido por el espejo contemplando a la Francesa con una pasión muda y reconcentrada, como si ni él mismo pudiese creer que semejante hembra fuera su esposa. Y realmente daba lástima esa mirada devota, sin sombra de sospechas.
Por otro lado, resultaba igualmente fácil condenar a la Francesa, sobre todo para las casadas y casaderas del pueblo, que desde siempre habían hecho causa común contra sus temibles escotes. Pero también muchos hombres estaban resentidos con la Francesa: en primer lugar, los que tenían fama de gallos en Puente Viejo, como el ruso Nielsen, hombres que no estaban acostumbrados al desprecio y mucho menos a la sorna de una mujer.
Y sea porque se había acabado el Mundial y no había de qué hablar, sea porque en el pueblo venían faltando los escándalos, todas las conversaciones desembocaban en las andanzas del muchacho y la Francesa. Detrás del mostrador yo escuchaba una y otra vez las mismas cosas: lo que había visto Nielsen una noche en la playa, era una noche fría y sin embargo los dos se desnudaron y debían estar drogados porque hicieron algo que Nielsen ni entre hombres terminaba de contar; lo que decía la viuda de Espinosa, que desde su ventana siempre escuchaba risas y gemidos en la carpa del muchacho, los ruidos inconfundibles de dos que se revuelcan juntos; lo que contaba el mayor de los Vidal, que en la peluquería, delante de él y en las narices de Cervino... en fin, quién sabe cuánto habría de cierto en todas aquellas habladurías.
Un día nos dimos cuenta de que el muchacho y la Francesa habían desaparecido. Quiero decir, al muchacho no lo veíamos más y tampoco aparecía la Francesa, ni en la peluquería ni en el camino a la playa, por donde solía pasear. Lo primero que pensamos todos es que se habían ido juntos y tal vez porque las fugas tienen siempre algo de romántico, o tal vez porque el peligro ya estaba lejos, las mujeres parecían dispuestas ahora a perdonar a la Francesa: era evidente que en ese matrimonio algo fallaba, decían; Cervino era demasiado viejo para ella y por otro lado el muchacho era buen mozo... Y comentaban entre sí con risitas de complicidad que quizás ellas hubieran hecho lo mismo.
Pero una tarde que se conversaba de nuevo sobre el asunto estaba en el almacén la viuda de Espinosa y la viuda dijo con voz de misterio que a su entender algo peor había ocurrido; el muchacho aquel, como todos sabíamos, había acampado cerca de su casa y, aunque ella tampoco lo había vuelto a ver, la carpa todavía estaba allí; y le parecía muy extraño -repetía aquello, muy extraño - que se hubieran ido sin llevar la carpa. Alguien dijo que tal vez debería avisarse al comisario y entonces la viuda murmuró que sería conveniente vigilar también a Cervino. Recuerdo que yo me enfurecí pero no sabía muy bien cómo responderle: tengo por norma no discutir con los clientes.
Empecé a decir débilmente que no se podía acusar a nadie sin pruebas, que para mí era imposible que Cervino, que justamente Cervino... Pero aquí la viuda me interrumpió: era bien sabido que los tímidos, los introvertidos, cuando están fuera de sí son los más peligrosos.
Estábamos todavía dando vueltas sobre lo mismo, cuando Cervino apareció en la puerta. Hubo un gran silencio; debió advertir que hablábamos de él porque todos trataban de mirar hacia otro lado. Yo pude observar cómo enrojecía y me pareció más que nunca un chico indefenso, que no había sabido crecer.
Cuando hizo el pedido noté que llevaba poca comida y que no había comprado yoghurt. Mientras pagaba, la viuda le preguntó bruscamente por la Francesa.
Cervino enrojeció otra vez, pero ahora lentamente, como si se sintiera honrado con tanta solicitud. Dijo que su mujer había viajado a la ciudad para cuidar al padre, que estaba muy enfermo, pero que pronto volvería, tal vez en una semana. Cuando terminó de hablar había en todas las caras una expresión curiosa, que me costó identificar: era desencanto. Sin embargo, apenas se fue Cervino, la viuda volvió a la carga. A ella, decía, no la había engañado ese farsante, nunca más veríamos a la pobre mujer. Y repetía por lo bajo que había un asesino suelto en Puente Viejo y que cualquiera podía ser la próxima víctima.
Transcurrió una semana, transcurrió un mes entero y la Francesa no volvía. Al muchacho tampoco se lo había vuelto a ver. Los chicos del pueblo empezaron a jugar a los indios en la carpa abandonada y Puente Viejo se dividió en dos bandos: los que estaban convencidos de que Cervino era un criminal y los que todavía esperábamos que la Francesa regresara, que éramos cada vez menos. Se escuchaba decir que Cervino había degollado al muchacho con la navaja, mientras le cortaba el pelo, y las madres les prohibían a los chicos que jugaran en la cuadra de la peluquería y les rogaban a sus esposos que volvieran con Melchor.
Sin embargo, aunque parezca extraño, Cervino no se quedó por completo sin clientes: los muchachos del pueblo se desafiaban unos a otros a sentarse en el fatídico sillón del peluquero para pedir el corte a la navaja, y empezó a ser prueba de hombría llevar el pelo batido y con spray.
Cuando le preguntábamos por la Francesa, Cervino repetía la historia del suegro enfermo, que ya no sonaba tan verdadera. Mucha gente dejó de saludarlo y supimos que la viuda de Espinosa había hablado con el comisario para que lo detuviese. Pero el comisario había dicho que mientras no aparecieran los cuerpos nada podía hacerse.
En el pueblo se empezó entonces a conjeturar sobre los cadáveres: unos decían que Cervino los había enterrado en su patio; otros, que los había cortado en tiras para arrojarlos al mar, y así Cervino se iba convirtiendo en un ser cada vez más monstruoso.
Yo escuchaba en el almacén hablar todo el tiempo de lo mismo y empecé a sentir un temor supersticioso, el presentimiento de que en aquellas interminables discusiones se iba incubando una desgracia. La viuda de Espinosa, por su parte, parecía haber enloquecido. Andaba abriendo pozos por todos lados con una ridícula palita de playa, vociferando que ella no descansaría hasta encontrar los cadáveres.
Y un día los encontró.
Fue una tarde a principios de noviembre. La viuda entró en el almacén preguntándome si tenía palas; y dijo en voz bien alta, para que todos la escucharan, que la mandaba el comisario a buscar palas y voluntarios para cavar en los médanos detrás del puente. Después, dejando caer lentamente las palabras, dijo que había visto allí, con sus propios ojos, un perro que devoraba una mano humana. Me estremecí; de pronto todo era verdad y mientras buscaba en el depósito las palas y cerraba el almacén seguía escuchando, aún sin poder creerlo, la conversación entrecortada de horror, perro, mano, mano humana.
La viuda encabezó la marcha, airosa. Yo iba último, cargando las palas. Miraba a los demás y veía las mismas caras de siempre, la gente que compraba en el almacén yerba y fideos. Miraba a mi alrededor y nada había cambiado, ningún súbito vendaval, ningún desacostumbrado silencio. Era una tarde como cualquier otra, a la hora inútil en que se despierta de la siesta. Abajo se iban alineando las casas, cada vez más pequeñas, y hasta el mar, distante, parecía pueblerino, sin acechanzas. Por un momento me pareció comprender de dónde provenía aquella sensación de incredulidad: no podía estar sucediendo algo así, no en Puente Viejo.
Cuando llegamos a los médanos el comisario no había encontrado nada aún. Estaba cavando con el torso desnudo y la pala subía y bajaba sin sobresaltos. Nos señaló vagamente en torno y yo distribuí las palas y hundí la mía en el sitio que me pareció más inofensivo. Durante un largo rato sólo se escuchó el seco vaivén del metal embistiendo la tierra. Yo le iba perdiendo el miedo a la pala y estaba pensando que tal vez la viuda se había confundido, que quizá no fuera cierto, cuando oímos un alboroto de ladridos. Era el perro que había visto la viuda, un pobre animal raquítico que se desesperaba alrededor de nosotros. El comisario quiso espantarlo a cascotazos pero el perro volvía y volvía y en un momento pareció que iba a saltarle encima. Entonces nos dimos cuenta de que era ése el lugar, el comisario volvió a cavar, cada vez más rápido, era contagioso aquel frenesí, las palas se precipitaron todas juntas y de pronto el comisario gritó que había dado con algo; escarbó un poco más y apareció el primer cadáver.
Los demás apenas le echaron un vistazo y volvieron enseguida a las palas, casi con entusiasmo, a buscar a la Francesa, pero yo me acerqué y me obligué a mirarlo con detenimiento. Tenía un agujero negro en la frente y tierra en los ojos. No era el muchacho.
Me di vuelta, para advertirle al comisario, y fue como si me adentrara en una pesadilla: todos estaban encontrando cadáveres, era como si brotaran de la tierra, a cada golpe de pala rodaba una cabeza o quedaba al descubierto un torso mutilado. Por donde se mirara muertos y más muertos, cabezas, cabezas.
El horror me hacía deambular de un lado a otro; no podía pensar, no podía entender, hasta que vi una espalda acribillada y más allá una cabeza con vendas en los ojos. Miré al comisario y el comisario también sabía, nos ordenó que nos quedáramos allí, que nadie se moviera, y volvió al pueblo, a pedir instrucciones.
Del tiempo que transcurrió hasta su regreso sólo recuerdo el ladrido incesante del perro, el olor a muerto y la figura de la viuda hurgando con su palita entre los cadáveres, gritándonos que había que seguir, que todavía no había aparecido la Francesa. Cuando el comisario volvió caminaba erguido y solemne, como quien se apresta a dar órdenes. Se plantó delante de nosotros y nos mandó que enterrásemos de nuevo los cadáveres, tal como estaban. Todos volvimos a las palas, nadie se atrevió a decir nada. Mientras la tierra iba cubriendo los cuerpos yo me preguntaba si el muchacho no estaría también allí. El perro ladraba y saltaba enloquecido. Entonces vimos al comisario con la rodilla en tierra y el arma entre las manos. Disparó una sola vez. El perro cayó muerto. Dio luego dos pasos con el arma todavía en la mano y lo pateó hacia delante, para que también lo enterrásemos.
Antes de volver nos ordenó que no hablásemos con nadie de aquello y anotó uno por uno los nombres de los que habíamos estado allí.
La Francesa regresó pocos días después: su padre se había recuperado por completo. Del muchacho, en el pueblo nunca hablamos. La carpa la robaron ni bien empezó la temporada.
domingo, julio 15, 2007
miércoles, febrero 14, 2007
Primeros Amores [Osvaldo Soriano]
Siempre que voy a emprender un largo viaje recuerdo algunas cosas mías de cuando todavía no soñaba con escribir novelas de madrugada ni subir a los aviones ni dormir en hoteles lejanos. Esas imágenes van y vienen como una hamaca vacía: mi primera novia y mi primer gol. Mi primera novia era una chica de pelo muy negro, tímida, que ahora estará casada y tendrá hijos en edad de rocanrol. Fue con ella que hice por primera vez el amor, un lunes de 1958, a la hora de la siesta, en una fila de butacas rotas de un cine vacío.
Antes de llegar a eso, otro día de invierno, su madre nos sorprendió en la penumbra de la boletería con la ropa desabrochada y ahí nomás le pegó dos bofetadas que todavía me suenan, lejanas y dolorosas, en el eco de aquellos años de frondicismo y resistencia peronista. Su padre era un tipo sin pelo, de pocas pulgas, que masticaba cigarros y me saludaba de mal humor porque ya tenía bastantes problemas con otra hija que volvía al amanecer y en coche ajeno. Mi novia y yo teníamos quince años. Al caer la tarde, como el cine no daba función, nos sentábamos en la plaza y nos hacíamos mimos hasta que aparecía el vigilante de la esquina.
No había gran cosa para divertirse en aquel pueblo. Las calles eran de tierra y para ver el asfalto había que salir hasta la ruta que corría recta, entre bardas y chacras, desde General Roca hasta Neuquén. Cualquier cosa que llegara de Buenos Aires se convertía en un acontecimiento. Eran treinta y seis horas de tren o un avión semanal carísimo y peligroso, de manera que sólo recuerdo la visita de un boxeador en decadencia que fue a Roca, al equipo de Banfield, que llegó exhausto a Neuquén y a unos tipos que se hacían pasar por el trío Los Panchos y llenaban el salón de fiestas del club Cipolletti. Los diarios de la Capital tardaban tres días en llegar y no había ni una sola librería ni un lugar donde escuchar música o representar teatro. Recuerdo un club de fotógrafos aficionados y la banda del regimiento que una vez por mes venía a tocarle retretas a la patria. Entonces sólo quedaban el fútbol y las carreras de motos, que empezaban a ponerse de moda.
Cuando su madre le dio aquella bofetada a mi novia, yo estaba en la Escuela Industrial y todavía no había convertido mi primer gol. Jugaba en una de esas canchitas hechas por los chicos del barrio, y de vez en cuando acertaba a meterla en el arco, pero esos goles no contaban porque todos pensábamos hacer otros mejores, con público y con nuestras novias temblando de admiración. Con toda seguridad éramos terriblemente machistas porque crecíamos en un tiempo y en un mundo que eran así sin cuestionarse. Un mundo de milicos levantiscos y jerarquías consagradas, de varones prostibularios y chicas hacendosas, sobre el que pronto iba a caer como un aluvión el furioso jolgorio de los años sesenta.
Pero a fines de los cincuenta queríamos madurar pronto y triunfar en alguna cosa viril y estúpida como las carreras de motos o los partidos de fútbol. Yo me di varios coscorrones antes de convencerme de que no tenía ningún talento para las pistas. Mi padre solía acompañarme para tocar el carburador o calibrar el encendido de la Tehuelche, pero mi madre sufría demasiado y a mí las curvas y los rebajes me dejaban frío. La pelota era otra cosa: yo tenía la impresión de ganarme unos segundos en el cielo cada vez que entraba al área y me iba entre dos desesperados que presumían de carniceros y asesinos. Me acuerdo de un número 2 viejo como de veintiséis años, de vincha y medalla de la Virgen, que para asustar a los delanteros les contaba que debía una muerte en la provincia de La Pampa.
Lo recuerdo con cierto cariño, aunque me arruinó una pierna, porque era él quien me marcaba el día que hice mi primer gol. Pegaba tanto el tipo, y con tanto entusiasmo que, como al legendario Rubén Marino Navarro, lo llamaban Hacha Brava. Jugaba inamovible en la Selección del Alto Valle y en ese lugar y en aquellos años pocos eran los árbitros que arriesgaban la vida por una expulsión.
Mi novia no iba a los partidos. Estudiaba para maestra y todavía la veo con el guardapolvo a la salida del colegio, buscándome con la mirada. Un día que mis padres estaban de viaje le exigí que viniera a casa, pero todo fue un fracaso con llantos, reproches y enojos. Tal vez leerá estas líneas y recordará el perfume de las manzanas de marzo, su miedo y mi torpeza inaudita.
Por un par de meses, antes de que yo la conociera, ella había sido la novia de nuestro zaguero central y alguien me dijo que el tipo se vanagloriaba de haberle puesto una mano debajo de la blusa. Eso me lo hacía insoportable. Tan celoso estaba de aquella imagen del pasado que casi dejé de saludarlo. El chico era alto, bastante flaco y pateaba como un caballo. Yo me mordía los labios, allá arriba, en la soledad del número 9, cuando me fauleaban y él se llevaba la gloria del tiro libre puesto en un ángulo como un cañonazo. Si lo nombro hoy, todavía receloso, es porque participó de aquella victoria memorable y porque sin su gol el mío no habría tenido la gloria que tiene.
Mi novia admitía haberlo besado, pero negaba que el odioso personaje le hubiera puesto la mano en el escote. A veces yo me resignaba a creerle y otras sentía como si una aguja me atravesara las tripas. Escuchábamos a Billy Cafaro y quizás a Eddie Pequenino pero yo no iba a bailar porque eso me parecía cosa de blandos. En realidad nunca me animé y si más tarde, ya en Tandil, caí en algún asalto o en una fiesta del club Independiente, fue porque estaba completamente borracho y perseguía a una rubia inabordable.
Pasábamos el tiempo en el cine, acariciándonos por debajo del tapado que nos cubría las piernas, y creíamos que su padre no se enteraba. Tal vez era así: andaba inclinado, ausente, masticando el charuto apagado, neurótico por el humo y el calor de la cabina de proyección. Pero la madre no nos sacaba el ojo de encima y aquella desgraciada tarde de invierno irrumpió en la boletería y empezó a darle de cachetadas a mi novia.
Después supe que hacíamos el amor todos los días, pero en aquel entonces suponía que había una sola manera posible y que si ella la aceptaba, el más glorioso momento de la existencia habría ocurrido al fin. Y ese instante, en una vida vulgar, sólo es comparable a otro instante, cuando la pelota entra en un arco de verdad por primera vez, y no hay Dios más feliz que ese tipo que festeja con los brazos abiertos gritándole al cielo.
Ese tipo, hace treinta años, soy yo. Todavía voy, en un eterno replay, a buscar los abrazos y escucho en sordina el ruido de la tribuna. Sé que estas confesiones contribuyen a mi desprestigio en la alta torre de los escritores, pero ahí sigo, al acecho entre el 5 que me empuja y Hacha Brava que me agarra de la camiseta mientras estamos empatados y un wing de jopo a la brillantina tira un centro rasante, al montón, a lo que pase. Se me ha cortado la respiración pero estoy lúcido y frío como un asesino a sueldo. Nuestro zaguero central acaba de empatar con un terrible disparo de treinta metros que he festejado sin abrazarlo y en este contragolpe, casi sobre el final, intuyo secretamente que mi vida cambiará para siempre.
El miedo de perderme en la maraña de piernas, en el infierno de gritos y codazos, ya pasó. El 10, que es un veterano de mil batallas, llega en diagonal y pifia porque la pierna derecha sólo le sirve para tenerse parado. Inexorablemente, ese gesto fallido descoloca a toda la defensa y la pelota sale dando vueltas a espaldas del 5 que gira desesperado para empujarla al córner. Entonces aparezco yo, como el muchachito de la película, ahuecando el pie para que el tiro no se levante y le pego fuerte, cruzado, y aunque parezca mentira aquella imagen todavía perdura en mí, cualquiera sea el hotel donde esté.
Igual que la otra, a la hora de la siesta, en una butaca rota del cine desierto. Nos besamos y sin buscarlo, porque las cachetadas todavía le arden en la cara, mi primera novia se abandona por fin y me recibe mientras sus pechos que alguna vez consintieron la caricia de nuestro despreciable zaguero central tiritan y trotan, brincan y broncan, hoy que nuestras vidas están junto a otros y mi hotel queda tan lejos del suyo.
(Osvaldo Soriano, Bs. As. , 1993, segunda edición, editorial sudamericana)
Antes de llegar a eso, otro día de invierno, su madre nos sorprendió en la penumbra de la boletería con la ropa desabrochada y ahí nomás le pegó dos bofetadas que todavía me suenan, lejanas y dolorosas, en el eco de aquellos años de frondicismo y resistencia peronista. Su padre era un tipo sin pelo, de pocas pulgas, que masticaba cigarros y me saludaba de mal humor porque ya tenía bastantes problemas con otra hija que volvía al amanecer y en coche ajeno. Mi novia y yo teníamos quince años. Al caer la tarde, como el cine no daba función, nos sentábamos en la plaza y nos hacíamos mimos hasta que aparecía el vigilante de la esquina.
No había gran cosa para divertirse en aquel pueblo. Las calles eran de tierra y para ver el asfalto había que salir hasta la ruta que corría recta, entre bardas y chacras, desde General Roca hasta Neuquén. Cualquier cosa que llegara de Buenos Aires se convertía en un acontecimiento. Eran treinta y seis horas de tren o un avión semanal carísimo y peligroso, de manera que sólo recuerdo la visita de un boxeador en decadencia que fue a Roca, al equipo de Banfield, que llegó exhausto a Neuquén y a unos tipos que se hacían pasar por el trío Los Panchos y llenaban el salón de fiestas del club Cipolletti. Los diarios de la Capital tardaban tres días en llegar y no había ni una sola librería ni un lugar donde escuchar música o representar teatro. Recuerdo un club de fotógrafos aficionados y la banda del regimiento que una vez por mes venía a tocarle retretas a la patria. Entonces sólo quedaban el fútbol y las carreras de motos, que empezaban a ponerse de moda.
Cuando su madre le dio aquella bofetada a mi novia, yo estaba en la Escuela Industrial y todavía no había convertido mi primer gol. Jugaba en una de esas canchitas hechas por los chicos del barrio, y de vez en cuando acertaba a meterla en el arco, pero esos goles no contaban porque todos pensábamos hacer otros mejores, con público y con nuestras novias temblando de admiración. Con toda seguridad éramos terriblemente machistas porque crecíamos en un tiempo y en un mundo que eran así sin cuestionarse. Un mundo de milicos levantiscos y jerarquías consagradas, de varones prostibularios y chicas hacendosas, sobre el que pronto iba a caer como un aluvión el furioso jolgorio de los años sesenta.
Pero a fines de los cincuenta queríamos madurar pronto y triunfar en alguna cosa viril y estúpida como las carreras de motos o los partidos de fútbol. Yo me di varios coscorrones antes de convencerme de que no tenía ningún talento para las pistas. Mi padre solía acompañarme para tocar el carburador o calibrar el encendido de la Tehuelche, pero mi madre sufría demasiado y a mí las curvas y los rebajes me dejaban frío. La pelota era otra cosa: yo tenía la impresión de ganarme unos segundos en el cielo cada vez que entraba al área y me iba entre dos desesperados que presumían de carniceros y asesinos. Me acuerdo de un número 2 viejo como de veintiséis años, de vincha y medalla de la Virgen, que para asustar a los delanteros les contaba que debía una muerte en la provincia de La Pampa.
Lo recuerdo con cierto cariño, aunque me arruinó una pierna, porque era él quien me marcaba el día que hice mi primer gol. Pegaba tanto el tipo, y con tanto entusiasmo que, como al legendario Rubén Marino Navarro, lo llamaban Hacha Brava. Jugaba inamovible en la Selección del Alto Valle y en ese lugar y en aquellos años pocos eran los árbitros que arriesgaban la vida por una expulsión.
Mi novia no iba a los partidos. Estudiaba para maestra y todavía la veo con el guardapolvo a la salida del colegio, buscándome con la mirada. Un día que mis padres estaban de viaje le exigí que viniera a casa, pero todo fue un fracaso con llantos, reproches y enojos. Tal vez leerá estas líneas y recordará el perfume de las manzanas de marzo, su miedo y mi torpeza inaudita.
Por un par de meses, antes de que yo la conociera, ella había sido la novia de nuestro zaguero central y alguien me dijo que el tipo se vanagloriaba de haberle puesto una mano debajo de la blusa. Eso me lo hacía insoportable. Tan celoso estaba de aquella imagen del pasado que casi dejé de saludarlo. El chico era alto, bastante flaco y pateaba como un caballo. Yo me mordía los labios, allá arriba, en la soledad del número 9, cuando me fauleaban y él se llevaba la gloria del tiro libre puesto en un ángulo como un cañonazo. Si lo nombro hoy, todavía receloso, es porque participó de aquella victoria memorable y porque sin su gol el mío no habría tenido la gloria que tiene.
Mi novia admitía haberlo besado, pero negaba que el odioso personaje le hubiera puesto la mano en el escote. A veces yo me resignaba a creerle y otras sentía como si una aguja me atravesara las tripas. Escuchábamos a Billy Cafaro y quizás a Eddie Pequenino pero yo no iba a bailar porque eso me parecía cosa de blandos. En realidad nunca me animé y si más tarde, ya en Tandil, caí en algún asalto o en una fiesta del club Independiente, fue porque estaba completamente borracho y perseguía a una rubia inabordable.
Pasábamos el tiempo en el cine, acariciándonos por debajo del tapado que nos cubría las piernas, y creíamos que su padre no se enteraba. Tal vez era así: andaba inclinado, ausente, masticando el charuto apagado, neurótico por el humo y el calor de la cabina de proyección. Pero la madre no nos sacaba el ojo de encima y aquella desgraciada tarde de invierno irrumpió en la boletería y empezó a darle de cachetadas a mi novia.
Después supe que hacíamos el amor todos los días, pero en aquel entonces suponía que había una sola manera posible y que si ella la aceptaba, el más glorioso momento de la existencia habría ocurrido al fin. Y ese instante, en una vida vulgar, sólo es comparable a otro instante, cuando la pelota entra en un arco de verdad por primera vez, y no hay Dios más feliz que ese tipo que festeja con los brazos abiertos gritándole al cielo.
Ese tipo, hace treinta años, soy yo. Todavía voy, en un eterno replay, a buscar los abrazos y escucho en sordina el ruido de la tribuna. Sé que estas confesiones contribuyen a mi desprestigio en la alta torre de los escritores, pero ahí sigo, al acecho entre el 5 que me empuja y Hacha Brava que me agarra de la camiseta mientras estamos empatados y un wing de jopo a la brillantina tira un centro rasante, al montón, a lo que pase. Se me ha cortado la respiración pero estoy lúcido y frío como un asesino a sueldo. Nuestro zaguero central acaba de empatar con un terrible disparo de treinta metros que he festejado sin abrazarlo y en este contragolpe, casi sobre el final, intuyo secretamente que mi vida cambiará para siempre.
El miedo de perderme en la maraña de piernas, en el infierno de gritos y codazos, ya pasó. El 10, que es un veterano de mil batallas, llega en diagonal y pifia porque la pierna derecha sólo le sirve para tenerse parado. Inexorablemente, ese gesto fallido descoloca a toda la defensa y la pelota sale dando vueltas a espaldas del 5 que gira desesperado para empujarla al córner. Entonces aparezco yo, como el muchachito de la película, ahuecando el pie para que el tiro no se levante y le pego fuerte, cruzado, y aunque parezca mentira aquella imagen todavía perdura en mí, cualquiera sea el hotel donde esté.
Igual que la otra, a la hora de la siesta, en una butaca rota del cine desierto. Nos besamos y sin buscarlo, porque las cachetadas todavía le arden en la cara, mi primera novia se abandona por fin y me recibe mientras sus pechos que alguna vez consintieron la caricia de nuestro despreciable zaguero central tiritan y trotan, brincan y broncan, hoy que nuestras vidas están junto a otros y mi hotel queda tan lejos del suyo.
(Osvaldo Soriano, Bs. As. , 1993, segunda edición, editorial sudamericana)
martes, diciembre 19, 2006
4
hay un viejo florero de vidrio sobre la mesa,
claveles un tanto marchitos.
un plato blanco manchado de ceniza y tintes nácar.
un mazo de cartas amarillentas al cual le faltan el dos de oro
y el dos de copa.
una llave sin dueño ni cerradura.
una carta escrita con tinta azul, probablemente de bolígrafo barato.
una copa con restos de líquido, no sentí su sabor al beberlo.
una mosca que inspecciona y remonta vuelo.
una niña sentada mirando el muro,
esperando que caiga.
tiene ojos pardos, dientes que se esconden,
heridas que brotan.
algunos días se siente bonita,
otros días es hermosa.
a veces canta y a veces duerme.
en ocasiones para morir, o para soñar.
el teléfono suena pero es equivocado,
la puerta toca pero es sólo por limosna.
mira por la ventana y el mundo sigue girando.
cuando cierra los ojos desea que se detenga.
es de tez muy pálida y casi nunca sonríe.
si le preguntan por qué, es que está imaginando.
cuando habla las montañas tiemblan,
pero sólo las aves la oyen.
y cuando sueña el mundo es una fiesta,
pero ella no está allí para verlo.
sobre la mesa no hay nada, sólo recuerdos de días que se marcharon.
hay polvo y olvido,
y una carta que dice adiós.
claveles un tanto marchitos.
un plato blanco manchado de ceniza y tintes nácar.
un mazo de cartas amarillentas al cual le faltan el dos de oro
y el dos de copa.
una llave sin dueño ni cerradura.
una carta escrita con tinta azul, probablemente de bolígrafo barato.
una copa con restos de líquido, no sentí su sabor al beberlo.
una mosca que inspecciona y remonta vuelo.
una niña sentada mirando el muro,
esperando que caiga.
tiene ojos pardos, dientes que se esconden,
heridas que brotan.
algunos días se siente bonita,
otros días es hermosa.
a veces canta y a veces duerme.
en ocasiones para morir, o para soñar.
el teléfono suena pero es equivocado,
la puerta toca pero es sólo por limosna.
mira por la ventana y el mundo sigue girando.
cuando cierra los ojos desea que se detenga.
es de tez muy pálida y casi nunca sonríe.
si le preguntan por qué, es que está imaginando.
cuando habla las montañas tiemblan,
pero sólo las aves la oyen.
y cuando sueña el mundo es una fiesta,
pero ella no está allí para verlo.
sobre la mesa no hay nada, sólo recuerdos de días que se marcharon.
hay polvo y olvido,
y una carta que dice adiós.
3
no sé la razón pero estoy corriendo,
las luces me enceguecen,
las bocinas distraen el silencio.
pasan unos momentos y ya no hay nada,
solo la calle.
yo aún corro.
de vez en cuando tropiezo, hasta caigo.
nadie me levante pero sigo de todos modos.
no sé hacia donde estoy yendo y eso me da miedo.
sé que no hay nadie corriendo a mi lado y eso me aterra aun más.
intento memorizar los nombres de las calles, los colores de las fachadas,
pero me resultan desconocidos; no entiendo su significado.
luego de un tiempo veo a alguien en la distancia.
no reconozco quien es pero está sonriendo,
me está sonriendo y eso me alegra.
intento correr más deprisa pero no puedo,
las piernas ya están renunciando.
estoy tan cerca, sólo unos metros.
y despierto.
no hay nadie, la ciudad duerme.
me doy la vuelta intentando concebir el sueño nuevamente,
pero me gustaría tener el valor de echarme a correr,
o echarme a volar.
las luces me enceguecen,
las bocinas distraen el silencio.
pasan unos momentos y ya no hay nada,
solo la calle.
yo aún corro.
de vez en cuando tropiezo, hasta caigo.
nadie me levante pero sigo de todos modos.
no sé hacia donde estoy yendo y eso me da miedo.
sé que no hay nadie corriendo a mi lado y eso me aterra aun más.
intento memorizar los nombres de las calles, los colores de las fachadas,
pero me resultan desconocidos; no entiendo su significado.
luego de un tiempo veo a alguien en la distancia.
no reconozco quien es pero está sonriendo,
me está sonriendo y eso me alegra.
intento correr más deprisa pero no puedo,
las piernas ya están renunciando.
estoy tan cerca, sólo unos metros.
y despierto.
no hay nadie, la ciudad duerme.
me doy la vuelta intentando concebir el sueño nuevamente,
pero me gustaría tener el valor de echarme a correr,
o echarme a volar.
2
tengo dos manos, dos piernas, un cerebro, y a veces, un corazón.
bombea sangre todo el tiempo, late a cada minuto,
y se rompe una vez por día.
tenés dos ojos que no me miran,
dos labios que no me hablan,
una lenga que no me acaricia,
dos oídos que no me escuchan.
tenés un alma que no querés darme,
tenés tiempo que no me prestas.
tenés música y flores; risas y noches.
y yo sigo aquí sentada,
esperando a que me toques la puerta
y me convides una proción de tu vida.
bombea sangre todo el tiempo, late a cada minuto,
y se rompe una vez por día.
tenés dos ojos que no me miran,
dos labios que no me hablan,
una lenga que no me acaricia,
dos oídos que no me escuchan.
tenés un alma que no querés darme,
tenés tiempo que no me prestas.
tenés música y flores; risas y noches.
y yo sigo aquí sentada,
esperando a que me toques la puerta
y me convides una proción de tu vida.
1
último día de primavera en una ciudad que olvida rostros.
días húmedos, calientes, agobiantes.
aún me pregunto cómo es que crecen las flores a través del pavimento.
tantos peatones que circulan pero no caminan;
y en ocasiones quisiera empujarlos,
sólo para tocarlos, sólo para que se toquen.
que sientan la tibieza de una mano real,
de un ser que siente y ama.
o sólo para sentir yo misma el roce de la piel
contra algo que no está muerto.
días húmedos, calientes, agobiantes.
aún me pregunto cómo es que crecen las flores a través del pavimento.
tantos peatones que circulan pero no caminan;
y en ocasiones quisiera empujarlos,
sólo para tocarlos, sólo para que se toquen.
que sientan la tibieza de una mano real,
de un ser que siente y ama.
o sólo para sentir yo misma el roce de la piel
contra algo que no está muerto.
martes, octubre 24, 2006
never
never gonna cry again never gonna hurt again never gonna lose again never gonna scream again never gonna fall again never gonna sin again never gonna spit again never gonna bleed again never gonna try again never gonna break again never gonna hate again ever gonna sleep again never gonna dream again never gonna fly again never gonna play again never gonna laugh again never gonna jump again never gonna hug again never gonna paint again never gonna read again never gonna sing again never gonna look again never gonna touch again never gonna taste again never gonna fuck again never gonna kiss again never gonna smile again never gonna use again never gonna abuse again never gonna need again never gonna find again never gonna talk again never gonna love again never gonna live again never gonna breath again
enought it's enough it's enough bang!
enought it's enough it's enough bang!
domingo, octubre 15, 2006
XXI
ENTONCES apareció el zorro:
-¡Buenos días! -dijo el zorro.
-¡Buenos días! -respondió cortésmente el principito que se volvió pero no vío nada.
-Estoy aquí, bajo el manzano -díjo la voz.
-¿Quién eres tú? -preguntó el principito-. ¡Qué bonito eres!
-Soy un zorro -dijo el zorro.
-Ven a jugar conmigo -le propuso el principito-, ¡estoy tan triste!
-No puedo jugar contigo -dijo el zorro-, no estoy domesticado.
-¡Ah, perdón! -dijo el principito.
Pero después de una breve reflexión, añadió:
-¿Qué significa "domesticar"?
-Tú no eres de aquí -dijo el zorro- ¿qué buscas?
-Busco a los hombres -le respondió el principito-. ¿Qué significa "domesticar"?
-Los hombres -dijo el zorro- tienen escopetas y cazan. ¡Es muy molesto! Pero también crían gallinas. Es lo único que les interesa. ¿Tú buscas gallinas?
-No -díjo el principito-. Busco amigos. ¿Qué significa "domesticar"? -volvió a preguntar el principito.
-Es una cosa ya olvidada -dijo el zorro-, significa "crear lazos... "
-¿Crear lazos?
-Efectivamente, verás -dijo el zorro-. Tú no eres para mí todavía más que un muchachito igual a otros cien mil muchachitos. Y no te necesito. Tampoco tú tienes necesidad de mí. No soy para ti más que un zorro entre otros cien mil zorros semejantes. Pero si me domesticas, entonces tendremos necesidad el uno del otro. Tú serás para mí único en el mundo, yo seré para ti único en el mundo...
-Comienzo a comprender -dijo el principito-. Hay una flor... creo que ella me ha domesticado...
-Es posible -concedió el zorro-, en la Tierra se ven todo tipo de cosas.
-¡Oh, no es en la Tierra! -exclamó el principito.
El zorro pareció intrigado:
-¿En otro planeta?
-Sí.
-¿Hay cazadores en ese planeta?
-No.
-¡Qué interesante! ¿Y gallinas?
-No.
-Nada es perfecto -suspiró el zorro.
Y después volviendo a su idea:
-Mi vida es muy monótona. Cazo gallinas y los hombres me cazan a mí. Todas las gallinas se parecen y todos los hombres son iguales; por consiguiente me aburro un poco. Si tú me domesticas, mi vida estará llena de sól. Conoceré el rumor de unos pasos diferentes a todos los demás. Los otros pasos me hacen esconder bajo la tierra; los tuyos me llamarán fuera de la madriguera como una música. Y además, ¡mira! ¿Ves allá abajo los campos de trigo? Yo no como pan y por lo tanto el trigo es para mí algo inútil. Los campos de trigo no me recuerdan nada y eso me pone triste. ¡Pero tú tienes los cabellos dorados y será algo maravilloso cuando me domestiques! El trigo, que es dorado también, será un recuerdo de ti. Y amaré el ruido del viento en el trigo.
El zorro se calló y miró un buen rato al principito:
-Por favor... domestícame -le dijo.
-Bien quisiera -le respondió el principito pero no tengo mucho tiempo. He de buscar amigos y conocer muchas cosas.
-Sólo se conocen bien las cosas que se domestican -dijo el zorro-. Los hombres ya no fienen tiempo de conocer nada. Lo compran todo hecho en las tiendas. Y como no hay tiendas donde vendan amigos, Ios hombres no tienen ya amigos. ¡Si quieres un amigo, domestícame!
-¿Qué debo hacer? -preguntó el príncipito.
-Debes tener mucha paciencia -respondió el zorro-. Te sentarás al principio ún poco lejos de mí, así, en el suelo; yo te miraré con el rabillo del ojo y tú no me dirás nada. El lenguaje es fuente de malos entendidos. Pero cada día podrás sentarte un poco más cerca...
El principito volvió al día siguiente.
-Hubiera sido mejor -dijo el zorro- que vinieras a la misma hora. Si vienes, por ejempló, a las cuatro de la tarde; desde las tres yo empezaría a ser dichoso. Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. A las cuatro me sentiré agitado e inquieto, descubriré así lo que vale la feliçidad. Pero si tú vienes a cualquier hora, nunça sabré cuándo preparar mi corazón... Los ritos son necesarios.
-¿Qué es un rito? -inquirió el principito.
-Es también algo demasiado olvidado -dijo el zorro-. Es lo que hace que un día no se parezca a otro día y que una hora sea diferente a otra. Entre los cazadores, por ejemplo, hay un rito. Los jueves bailan con las muchachas del pueblo. Los jueves entonces son días maravillosos en los que puedo ir de paseo hasta la viña. Si los cazadores no bailaran en día fijo, todos los días se parecerían y yo no tendría vacaciones.
De esta manera el principito domesticó al zorro. Y cuando se fue acercando eI día de la partida:
-¡Ah! -dijo el zorro-, lloraré.
-Tuya es la culpa -le dijo el principito-, yo no quería hacerte daño, pero tú has querido que te domestique...
-Ciertamente -dijo el zorro.
- Y vas a llorar!, -dijo él principito.
-¡Seguro!
-No ganas nada.
-Gano -dijo el zoro- he ganado a causa del color del trigo.
Y luego añadió:
-Vete a ver las rosas; comprenderás que la tuya es única en el mundo. Volverás a decirme adiós y yo te regalaré un secreto.
El principito se fue a ver las rosas a las que dijo:
-No son nada, ni en nada se parecen a mi rosa. Nadie las ha domesticado ni ustedes han domesticado a nadie. Son como el zorro era antes, que en nada se diferenciaba de otros cien mil zorros. Pero yo le hice mi amigo y ahora es único en el mundo.
Las rosas se sentían molestas oyendo al principito, que continuó diciéndoles:
-Son muy bellas, pero están vacías y nadie daría la vida por ustedes. Cualquiera que las vea podrá creer indudablemente que mí rosa es igual que cualquiera de ustedes. Pero ella se sabe más importante que todas, porque yo la he regado, porque ha sido a ella a la que abrigué con el fanal, porque yo le maté los gusanos (salvo dos o tres que se hicieron mariposas ) y es a ella a la que yo he oído quejarse, alabarse y algunas veces hasta callarse. Porque es mi rosa, en fin.
Y volvió con el zorro.
-Adiós -le dijo.
-Adiós -dijo el zorro-. He aquí mi secreto, que no puede ser más simple : Sólo con el corazón se puede ver bien. Lo esencial es invisible para los ojos.
-Lo esencial es invisible para los ojos -repitió el principito para acordarse.
-Lo que hace más importante a tu rosa, es el tiempo que tú has perdido con ella.
-Es el tiempo que yo he perdido con ella... -repitió el principito para recordarlo.
-Los hombres han olvidado esta verdad -dijo el zorro-, pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. Tú eres responsable de tu rosa...
-Yo soy responsable de mi rosa... -repitió el principito a fin de recordarlo
-¡Buenos días! -dijo el zorro.
-¡Buenos días! -respondió cortésmente el principito que se volvió pero no vío nada.
-Estoy aquí, bajo el manzano -díjo la voz.
-¿Quién eres tú? -preguntó el principito-. ¡Qué bonito eres!
-Soy un zorro -dijo el zorro.
-Ven a jugar conmigo -le propuso el principito-, ¡estoy tan triste!
-No puedo jugar contigo -dijo el zorro-, no estoy domesticado.
-¡Ah, perdón! -dijo el principito.
Pero después de una breve reflexión, añadió:
-¿Qué significa "domesticar"?
-Tú no eres de aquí -dijo el zorro- ¿qué buscas?
-Busco a los hombres -le respondió el principito-. ¿Qué significa "domesticar"?
-Los hombres -dijo el zorro- tienen escopetas y cazan. ¡Es muy molesto! Pero también crían gallinas. Es lo único que les interesa. ¿Tú buscas gallinas?
-No -díjo el principito-. Busco amigos. ¿Qué significa "domesticar"? -volvió a preguntar el principito.
-Es una cosa ya olvidada -dijo el zorro-, significa "crear lazos... "
-¿Crear lazos?
-Efectivamente, verás -dijo el zorro-. Tú no eres para mí todavía más que un muchachito igual a otros cien mil muchachitos. Y no te necesito. Tampoco tú tienes necesidad de mí. No soy para ti más que un zorro entre otros cien mil zorros semejantes. Pero si me domesticas, entonces tendremos necesidad el uno del otro. Tú serás para mí único en el mundo, yo seré para ti único en el mundo...
-Comienzo a comprender -dijo el principito-. Hay una flor... creo que ella me ha domesticado...
-Es posible -concedió el zorro-, en la Tierra se ven todo tipo de cosas.
-¡Oh, no es en la Tierra! -exclamó el principito.
El zorro pareció intrigado:
-¿En otro planeta?
-Sí.
-¿Hay cazadores en ese planeta?
-No.
-¡Qué interesante! ¿Y gallinas?
-No.
-Nada es perfecto -suspiró el zorro.
Y después volviendo a su idea:
-Mi vida es muy monótona. Cazo gallinas y los hombres me cazan a mí. Todas las gallinas se parecen y todos los hombres son iguales; por consiguiente me aburro un poco. Si tú me domesticas, mi vida estará llena de sól. Conoceré el rumor de unos pasos diferentes a todos los demás. Los otros pasos me hacen esconder bajo la tierra; los tuyos me llamarán fuera de la madriguera como una música. Y además, ¡mira! ¿Ves allá abajo los campos de trigo? Yo no como pan y por lo tanto el trigo es para mí algo inútil. Los campos de trigo no me recuerdan nada y eso me pone triste. ¡Pero tú tienes los cabellos dorados y será algo maravilloso cuando me domestiques! El trigo, que es dorado también, será un recuerdo de ti. Y amaré el ruido del viento en el trigo.
El zorro se calló y miró un buen rato al principito:
-Por favor... domestícame -le dijo.
-Bien quisiera -le respondió el principito pero no tengo mucho tiempo. He de buscar amigos y conocer muchas cosas.
-Sólo se conocen bien las cosas que se domestican -dijo el zorro-. Los hombres ya no fienen tiempo de conocer nada. Lo compran todo hecho en las tiendas. Y como no hay tiendas donde vendan amigos, Ios hombres no tienen ya amigos. ¡Si quieres un amigo, domestícame!
-¿Qué debo hacer? -preguntó el príncipito.
-Debes tener mucha paciencia -respondió el zorro-. Te sentarás al principio ún poco lejos de mí, así, en el suelo; yo te miraré con el rabillo del ojo y tú no me dirás nada. El lenguaje es fuente de malos entendidos. Pero cada día podrás sentarte un poco más cerca...
El principito volvió al día siguiente.
-Hubiera sido mejor -dijo el zorro- que vinieras a la misma hora. Si vienes, por ejempló, a las cuatro de la tarde; desde las tres yo empezaría a ser dichoso. Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. A las cuatro me sentiré agitado e inquieto, descubriré así lo que vale la feliçidad. Pero si tú vienes a cualquier hora, nunça sabré cuándo preparar mi corazón... Los ritos son necesarios.
-¿Qué es un rito? -inquirió el principito.
-Es también algo demasiado olvidado -dijo el zorro-. Es lo que hace que un día no se parezca a otro día y que una hora sea diferente a otra. Entre los cazadores, por ejemplo, hay un rito. Los jueves bailan con las muchachas del pueblo. Los jueves entonces son días maravillosos en los que puedo ir de paseo hasta la viña. Si los cazadores no bailaran en día fijo, todos los días se parecerían y yo no tendría vacaciones.
De esta manera el principito domesticó al zorro. Y cuando se fue acercando eI día de la partida:
-¡Ah! -dijo el zorro-, lloraré.
-Tuya es la culpa -le dijo el principito-, yo no quería hacerte daño, pero tú has querido que te domestique...
-Ciertamente -dijo el zorro.
- Y vas a llorar!, -dijo él principito.
-¡Seguro!
-No ganas nada.
-Gano -dijo el zoro- he ganado a causa del color del trigo.
Y luego añadió:
-Vete a ver las rosas; comprenderás que la tuya es única en el mundo. Volverás a decirme adiós y yo te regalaré un secreto.
El principito se fue a ver las rosas a las que dijo:
-No son nada, ni en nada se parecen a mi rosa. Nadie las ha domesticado ni ustedes han domesticado a nadie. Son como el zorro era antes, que en nada se diferenciaba de otros cien mil zorros. Pero yo le hice mi amigo y ahora es único en el mundo.
Las rosas se sentían molestas oyendo al principito, que continuó diciéndoles:
-Son muy bellas, pero están vacías y nadie daría la vida por ustedes. Cualquiera que las vea podrá creer indudablemente que mí rosa es igual que cualquiera de ustedes. Pero ella se sabe más importante que todas, porque yo la he regado, porque ha sido a ella a la que abrigué con el fanal, porque yo le maté los gusanos (salvo dos o tres que se hicieron mariposas ) y es a ella a la que yo he oído quejarse, alabarse y algunas veces hasta callarse. Porque es mi rosa, en fin.
Y volvió con el zorro.
-Adiós -le dijo.
-Adiós -dijo el zorro-. He aquí mi secreto, que no puede ser más simple : Sólo con el corazón se puede ver bien. Lo esencial es invisible para los ojos.
-Lo esencial es invisible para los ojos -repitió el principito para acordarse.
-Lo que hace más importante a tu rosa, es el tiempo que tú has perdido con ella.
-Es el tiempo que yo he perdido con ella... -repitió el principito para recordarlo.
-Los hombres han olvidado esta verdad -dijo el zorro-, pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. Tú eres responsable de tu rosa...
-Yo soy responsable de mi rosa... -repitió el principito a fin de recordarlo
jueves, julio 06, 2006
sintitulo
Te extiendo la mano; frágil, blanca.
Tímidamente me recuesto a tu lado,
te muestro mi alma.
Brillo, incandescente, y te dejo mirarme.
Vos decidís darte la vuelta y cantar tu propia canción.
Te muestro mis alas; pequeñas, livianas.
Quizá por envidia, quizá por disgusto,
las arrancás con saña.
Me dejás sangrando en el piso.
Y allí me sujetas entre tus brazos,
y jurás protegerme de todos los males del mundo.
Yo seco mis lágrimas, confío en tu palabra,
e intento acercarme a tus labios.
Vos decidís darte la vuelta y cantar tu propia canción.
Tímidamente me recuesto a tu lado,
te muestro mi alma.
Brillo, incandescente, y te dejo mirarme.
Vos decidís darte la vuelta y cantar tu propia canción.
Te muestro mis alas; pequeñas, livianas.
Quizá por envidia, quizá por disgusto,
las arrancás con saña.
Me dejás sangrando en el piso.
Y allí me sujetas entre tus brazos,
y jurás protegerme de todos los males del mundo.
Yo seco mis lágrimas, confío en tu palabra,
e intento acercarme a tus labios.
Vos decidís darte la vuelta y cantar tu propia canción.
domingo, junio 25, 2006
día de lluvia
llueve. no sé si mucho o poco porque no salí a la calle.
no es que no me guste caminar con las gotitas mojándome el pelo, la cara y todo; o mirar el cielo de colores fríos que se cae de a momentos. es hermosa la calle derretida bajo mis ojos, la gente chapoteando en el cemento como carpas en un estanque. los nenes con sus botas y sus sonrisas, el viento que despeina y corre travieso. que se te mete por debajo de la blusa y luego el escalofrío que te recorre la espalda como una serpiente.
los barcos de papel, los besos mojados, la siesta con estufa, chocolate caliente. cantar bajo la lluvia es mil veces más poético que cantar un día de sol.
si, si. es cierto. los días lluviosos son una obra de arte. pero no puedo evitar no sentirme gris como el cielo, si esas gotas que caen me alejan áun más de tu lado.
no es que no me guste caminar con las gotitas mojándome el pelo, la cara y todo; o mirar el cielo de colores fríos que se cae de a momentos. es hermosa la calle derretida bajo mis ojos, la gente chapoteando en el cemento como carpas en un estanque. los nenes con sus botas y sus sonrisas, el viento que despeina y corre travieso. que se te mete por debajo de la blusa y luego el escalofrío que te recorre la espalda como una serpiente.
los barcos de papel, los besos mojados, la siesta con estufa, chocolate caliente. cantar bajo la lluvia es mil veces más poético que cantar un día de sol.
si, si. es cierto. los días lluviosos son una obra de arte. pero no puedo evitar no sentirme gris como el cielo, si esas gotas que caen me alejan áun más de tu lado.
miércoles, junio 21, 2006
1
el ruido de mis dedos sobre cada tecla. cada letra que forma cada palabra que nace, una palabra que será una línea, y cada línea una frase, y una frase un párrafo.
y cada párrafo será una historia y en cada historia habrá una vida o mil.
personas que caminan, corren o vuelan. que aman, temen, parten. sueñan, ríen, viven.
y cada párrafo será una historia y en cada historia habrá una vida o mil.
personas que caminan, corren o vuelan. que aman, temen, parten. sueñan, ríen, viven.
2
¿esto pasa o lo inventé yo? cada cosa que veo, ¿ es producto de una casualidad, el destino o una idea ajena; o en mi inconsciente lo decidí de antemano?
¿tu cara es así porque de hecho lo es, o porque yo lo deseo?
¿yo te amo porque si? ¿yo te odio y ya?
a veces me pregunto si yo estoy viviendo la vida, o si la estoy escribiendo a medida que me vuelvo más vieja y más ingenua.
¿tu cara es así porque de hecho lo es, o porque yo lo deseo?
¿yo te amo porque si? ¿yo te odio y ya?
a veces me pregunto si yo estoy viviendo la vida, o si la estoy escribiendo a medida que me vuelvo más vieja y más ingenua.
3
miro el techo, las paredes, la ventana cerrada, el humo en el aire que me marea y me da nauseas. no están vivos estos muros, y no hay escapatoria. no quiero estar acá, no puedo salir tampoco. las calles podrían comerme de un momento a otro.
un cigarrillo que se consume lentamente da lugar al próximo y yo siento que ya no puedo ni siquiera respirar.
sé que no vas a volver, ¿entonces por qué te espero todavía?
me gustaría despertarme con tu voz en la puerta, por lo menos con el sonido de tus nudillos sobre la vieja madera. pero no va a suceder. no en esta vida.
somos muy jóvenes y demasiado orgullosos.
un cigarrillo que se consume lentamente da lugar al próximo y yo siento que ya no puedo ni siquiera respirar.
sé que no vas a volver, ¿entonces por qué te espero todavía?
me gustaría despertarme con tu voz en la puerta, por lo menos con el sonido de tus nudillos sobre la vieja madera. pero no va a suceder. no en esta vida.
somos muy jóvenes y demasiado orgullosos.
viernes, junio 02, 2006
Sábado a la noche
Sábado por la noche.
¿Qué debo hacer? ¿A quién llamar?
Sábado por la noche.
¿Quién debo ser?
¿Cómo debo ser?
Tacones altos que me permitan verte de arriba.
Ser una de tantas y hacer que te des vuelta para ver.
Los más bellos ojos, el cuerpo más hermoso.
¿Cómo se hace?
Alguien está ocultando el manual.
Base. Sencillamente fundamental.
Cubrir cada imperfección y ocultar todas mis fallas.
Toma una fotografía y conmemora este momento.
No durará para siempre, eso sí es seguro.
Sombra, máscara y labial.
Un marco maravilloso para algo que está vacío,
Y así seguirá.
Un poco de brillo y color para algo sin vida.
Algo que yace muerto.
Una inhalación profunda y casi eterna.
Un pañuelo, un cepillo de dientes, llaves de algún lugar.
Y antes de salir,
Debo ponerme una brillante y blanca sonrisa
Para poder así ser alguien.
¿Qué debo hacer? ¿A quién llamar?
Sábado por la noche.
¿Quién debo ser?
¿Cómo debo ser?
Tacones altos que me permitan verte de arriba.
Ser una de tantas y hacer que te des vuelta para ver.
Los más bellos ojos, el cuerpo más hermoso.
¿Cómo se hace?
Alguien está ocultando el manual.
Base. Sencillamente fundamental.
Cubrir cada imperfección y ocultar todas mis fallas.
Toma una fotografía y conmemora este momento.
No durará para siempre, eso sí es seguro.
Sombra, máscara y labial.
Un marco maravilloso para algo que está vacío,
Y así seguirá.
Un poco de brillo y color para algo sin vida.
Algo que yace muerto.
Una inhalación profunda y casi eterna.
Un pañuelo, un cepillo de dientes, llaves de algún lugar.
Y antes de salir,
Debo ponerme una brillante y blanca sonrisa
Para poder así ser alguien.
lunes, mayo 08, 2006
Bombas y amapolas
Sigo tirada en la cama escuchando las bombas que caen alrededor mío. Doy vueltas y me mareo, pero me contengo y abro un ojo. Una lágrima cae, y las bombas no son bombas.
El despertador grita las 6:27.
El piso es frío e indiferente, y lo úniko ke impida ke caiga. Un trozo d alguien me observa, me imita desde la pared. Miro a alguien que luce como yo, pero ¿kómo puedo estar tan segura d kien es? Me he confiado tanto d las apariencias y al final akabo en el suelo, pisoteada, desnuda, llena d golpes. Denigrada. Me han matado.
No, no soy yo. Yo floto en un cielo azul, yo tengo ojos brillantes, yo t miro por horas y no lloro una vez al dia. O a veces más.
Y ella, ella tiene el color de la muerte y del cemento. Una mirada gélida, labios fríos.
Un golpe seco, violento pero distante. Ella se kiebra y kae en mil pedazos.
“ahora estamos a mano” –pienso. Y me meto en la ducha.
Hay ke respirar profundo y kontar hasta 10 para ke c vaya lo malo, dar limosna a los necesitados, tomar 2 litros d agua por día y llenar d la kasa d perfume a verano.
Hoy no me siento komo verano. Hoy no me siento kon ánimos d todo esto.
El agua caliente purifica todo lo feo, lo sucio. Necesito un trago, y el teléfono no está sonando. Grito, grito lo más fuerte ke puedo, pero por alguna razón nadie escucha.
Estoy d vakaciones en siberia.
Las llaves están sobre una mesita. Cubiertas d polvo. El humo del cuarto me sofoca y la televisión en siempre igual. Cambio, nada; cambio, nada; cambio, nada. De repente el control remoto vuela y se estrella contra el armario, una lástima.
Afuera debe hacer unos 5 grados, pero esta kasa es un horno. Me sako kasi toda la ropa y me dejo una camiseta vieja y ropa interior. Soltar un poko mi cuerpo me hace bien, kizá aún mejor ke la ducha y la comida.
Lo pico, lo enrolló, lo enciendo. Mi cabeza estalla, y presencio komo los muros a mi alrededor c kaen. Las flores krecen en mi ventana, un pekeño pájarillo azul c posa en el alfeizar.
La humareda me envuelve y me abraza. Me da eso ke ando necesitando tanto últimamente. Le kito la tapa a una botella ke hay sobre la mesada. Espero ke sea agua. Le doy un sorbo, largo, potente; mi gargante c kema kon la potencia incinerante del vodka.
Me echo y duermo por unas horas, nuevamente las bombas que caen y destruyen los prados de amapolas. No quiero, pero tampoco pude evitarlo. El sueño ya c terminó por hoy.
Las bombas ke kaen, los golpes en la puerta.
Debo, no debo. No voy a vestirme. Abro. T abro.
Estas helado y yo estoy en shock.
-Necesitaba verte.
-Y yo t necesitaba.
Me abrazaste. Después d un siglo d polvo y olvido, me abrazaste. No necesitaba más.
El despertador grita las 6:27.
El piso es frío e indiferente, y lo úniko ke impida ke caiga. Un trozo d alguien me observa, me imita desde la pared. Miro a alguien que luce como yo, pero ¿kómo puedo estar tan segura d kien es? Me he confiado tanto d las apariencias y al final akabo en el suelo, pisoteada, desnuda, llena d golpes. Denigrada. Me han matado.
No, no soy yo. Yo floto en un cielo azul, yo tengo ojos brillantes, yo t miro por horas y no lloro una vez al dia. O a veces más.
Y ella, ella tiene el color de la muerte y del cemento. Una mirada gélida, labios fríos.
Un golpe seco, violento pero distante. Ella se kiebra y kae en mil pedazos.
“ahora estamos a mano” –pienso. Y me meto en la ducha.
Hay ke respirar profundo y kontar hasta 10 para ke c vaya lo malo, dar limosna a los necesitados, tomar 2 litros d agua por día y llenar d la kasa d perfume a verano.
Hoy no me siento komo verano. Hoy no me siento kon ánimos d todo esto.
El agua caliente purifica todo lo feo, lo sucio. Necesito un trago, y el teléfono no está sonando. Grito, grito lo más fuerte ke puedo, pero por alguna razón nadie escucha.
Estoy d vakaciones en siberia.
Las llaves están sobre una mesita. Cubiertas d polvo. El humo del cuarto me sofoca y la televisión en siempre igual. Cambio, nada; cambio, nada; cambio, nada. De repente el control remoto vuela y se estrella contra el armario, una lástima.
Afuera debe hacer unos 5 grados, pero esta kasa es un horno. Me sako kasi toda la ropa y me dejo una camiseta vieja y ropa interior. Soltar un poko mi cuerpo me hace bien, kizá aún mejor ke la ducha y la comida.
Lo pico, lo enrolló, lo enciendo. Mi cabeza estalla, y presencio komo los muros a mi alrededor c kaen. Las flores krecen en mi ventana, un pekeño pájarillo azul c posa en el alfeizar.
La humareda me envuelve y me abraza. Me da eso ke ando necesitando tanto últimamente. Le kito la tapa a una botella ke hay sobre la mesada. Espero ke sea agua. Le doy un sorbo, largo, potente; mi gargante c kema kon la potencia incinerante del vodka.
Me echo y duermo por unas horas, nuevamente las bombas que caen y destruyen los prados de amapolas. No quiero, pero tampoco pude evitarlo. El sueño ya c terminó por hoy.
Las bombas ke kaen, los golpes en la puerta.
Debo, no debo. No voy a vestirme. Abro. T abro.
Estas helado y yo estoy en shock.
-Necesitaba verte.
-Y yo t necesitaba.
Me abrazaste. Después d un siglo d polvo y olvido, me abrazaste. No necesitaba más.
domingo, mayo 07, 2006
Vos
Dimos un par de vueltas por la ciudad hasta que decidimos sentarnos en una placita. Había un gato gris merodeando y un par de vagabundos durmiendo en unos bancos, pero no nos preocuparon. Diste un par de vueltas como una nena en una juguetería y me dio miedo de que te quebrases y rompieses. Te recuerdo bailando sobre la hierba, inocente y despreocupada, con el cambio tintineando en el bolsillo de la camisa y la falda revoloteando como una mariposa ebria.
Me tomaste de la mano y caminaste alrededor de la fuente, intentando no caerte. Parecías una equilibrista procurando no dar un paso en falso. Resbalar significa la muerte, y vos no podes permitirte eso.
Te miré de reojo y me sonreí. Suavemente te tomé entre mis brazos –débiles pero no tanto- y te deposité en el suelo con delicadeza. Me acerqué a tu oído y tu perfume erizó mi piel.
-Te quiero.
Me miraste y tus mejillas tomaron el color de tus labios. Te sujeté con confianza (casi pareció que sabía lo que estaba haciendo) y bailamos los pocos pases que recordaba de la única clase de danza a la que habíamos ido. Llegaste tarde y alucinando, y llamaste “perra” a la profesora. Yo no pude sofocar una carcajada y tuvimos que prácticamente correr hacia la puerta. Esa fue la primera vez que te besé y lo recuerdo como si fuese ayer.
Pero no recuerdo los pases.
Me soltaste y corriste hacia la calesita, aunque sabes que suelo marearme con facilidad. Diste 1, 10, 800 vueltas hasta que tuve que bajarme de repente porque tenía el estómago en la garganta.
-Nenita.- me dijiste. De pura altanera.
Me incorporé de golpe y te perseguí hasta que te cansaste de correr y te rendiste y te disculpaste. Te abracé tan fuerte que creí que tus costillas colapsarían bajo mis brazos y te pregunté si estabas bien. Me besaste.
Me desperté a eso de las 11 a causa del gato que me lamía los dedos del pie. Le di una patada sin querer y soltó un bufido. La almohada todavía estaba impregnada de tu perfume pero vos no estabas y tampoco habías dejado ninguna nota.
Salté de la cama buscándote. No estabas en el baño, ni en la cocina, ni en la sala, ni en ningún lado. Encendí un cigarrillo y me recosté en el sofá preguntándome donde te habrías ido. No te gusta mucho caminar por la mañana, ni tampoco que fume ni que hable de política. Decís que son cosas de viejos. Por eso suelo salir sola, a observar a la gente y sus caras, a leer los titulares de los diarios, a fumar uno o dos cigarrillos y a pararme en la puerta de la panadería de Antonio y su mujer a sentir el aroma calentito que te abraza por adentro.
Como era de esperarse, el gato volvió y se echó en mi regazo (Gepetto le habías puesto, sólo a vos se te ocurren esas cosas). Ronroneó unos instantes y se durmió. “Porquería peluda que sos, pero tan hermoso”. No objetó nada.
Me acariciaste la mejilla con dulzura. Admirándome, no despertándome.
-¿Dónde estabas? Te extrañé.
-Fui a comprarte azucenas. Sé que te gustan mucho.
Por eso te esperé tanto.
Me tomaste de la mano y caminaste alrededor de la fuente, intentando no caerte. Parecías una equilibrista procurando no dar un paso en falso. Resbalar significa la muerte, y vos no podes permitirte eso.
Te miré de reojo y me sonreí. Suavemente te tomé entre mis brazos –débiles pero no tanto- y te deposité en el suelo con delicadeza. Me acerqué a tu oído y tu perfume erizó mi piel.
-Te quiero.
Me miraste y tus mejillas tomaron el color de tus labios. Te sujeté con confianza (casi pareció que sabía lo que estaba haciendo) y bailamos los pocos pases que recordaba de la única clase de danza a la que habíamos ido. Llegaste tarde y alucinando, y llamaste “perra” a la profesora. Yo no pude sofocar una carcajada y tuvimos que prácticamente correr hacia la puerta. Esa fue la primera vez que te besé y lo recuerdo como si fuese ayer.
Pero no recuerdo los pases.
Me soltaste y corriste hacia la calesita, aunque sabes que suelo marearme con facilidad. Diste 1, 10, 800 vueltas hasta que tuve que bajarme de repente porque tenía el estómago en la garganta.
-Nenita.- me dijiste. De pura altanera.
Me incorporé de golpe y te perseguí hasta que te cansaste de correr y te rendiste y te disculpaste. Te abracé tan fuerte que creí que tus costillas colapsarían bajo mis brazos y te pregunté si estabas bien. Me besaste.
Me desperté a eso de las 11 a causa del gato que me lamía los dedos del pie. Le di una patada sin querer y soltó un bufido. La almohada todavía estaba impregnada de tu perfume pero vos no estabas y tampoco habías dejado ninguna nota.
Salté de la cama buscándote. No estabas en el baño, ni en la cocina, ni en la sala, ni en ningún lado. Encendí un cigarrillo y me recosté en el sofá preguntándome donde te habrías ido. No te gusta mucho caminar por la mañana, ni tampoco que fume ni que hable de política. Decís que son cosas de viejos. Por eso suelo salir sola, a observar a la gente y sus caras, a leer los titulares de los diarios, a fumar uno o dos cigarrillos y a pararme en la puerta de la panadería de Antonio y su mujer a sentir el aroma calentito que te abraza por adentro.
Como era de esperarse, el gato volvió y se echó en mi regazo (Gepetto le habías puesto, sólo a vos se te ocurren esas cosas). Ronroneó unos instantes y se durmió. “Porquería peluda que sos, pero tan hermoso”. No objetó nada.
Me acariciaste la mejilla con dulzura. Admirándome, no despertándome.
-¿Dónde estabas? Te extrañé.
-Fui a comprarte azucenas. Sé que te gustan mucho.
Por eso te esperé tanto.
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